Asisto a una gran ceremonia en el Vaticano (en la vida real, los medios de comunicación hablan profusamente de la canonización de Juan XXIII y Juan Pablo II). Uno de los oficiantes es José Luis Moreno (!), pero su presencia no me parece nada extraño. Aprovecho para preguntarle por sus últimas y polémicas intervenciones televisivas.
Más tarde me cuelo entre el gentío y entro en una especie de sacristía. Empiezo a abrir cajones hasta que doy con lo que parecen los restos mortales de los papas homenajeados. Como si fueran momias o muñecas rusas, sus figuras tienen varias capas que deben ser destapadas hasta llegar al tuétano: unos cuerpos delgados, arrugados y minerales, como de alabastro.
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